50 dedicatorias de obras literarias

50 dedicatorias de obras literarias. Lupe Redón

Aunque existen muchas obras literarias que no están dedicadas o solo incluyen agradecimientos concretos, las dedicatorias son un arte en sí mismas. Hay autores que, en las primeras páginas de su libro, revelan las historias paralelas a la historia que cuentan más adelante. Con sus dedicatorias ofrecen una visión singular que trasciende la obra y no deja indiferente al lector.

 

Esta es una recopilación de dedicatorias muy personales que permiten deducir algunos aspectos sobre la personalidad y la vida privada del autor o de las personas a quienes dedicaron su obra. En ellas encontramos vivencias, ocurrencias y recuerdos que, según el caso, están repletos de amor, de rencor o de humor. Un regalo maravilloso para los amantes de la creación literaria.

 

Alfredo Bryce Echenique (La última mudanza de Felipe Carrillo): «A Luis León Rupp, a quien siempre recibo en mi casa con una etiqueta negra en el whisky y el corazón en la mano».

 

Alice Walker (El color púrpura): «Dedicado al espíritu sin cuya asistencia ni este libro ni yo hubiéramos sido escritos».

 

Almudena Grandes (El lector de Julio Verne): «A mi amigo Cristino Pérez Meléndez, que de pequeño vivía en la casa cuartel de Fuensanta de Martos y era muy canijo. Y de mayor, dio la talla en todo, pero no fue guardia civil».

 

Ángel Gil Cheza (El hombre que arreglaba las bicicletas): «A Cesáreo y Ángel, por enseñarme a montar en bicicleta».

 

Ángeles Caso (El peso de las sombras): «Al imaginario lector que podría pagarme medio paquete de cigarrillos si comprara mi libro. Te advierto que no sólo no me identifico con ninguno de los personajes, sino que además, de ninguno de ellos querría ser amiga… Cuidado con las sombras».

 

Antoine de Saint-Exupéry (El principito): «A León Werth. Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo una seria excusa: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Pero tengo otra excusa: esta persona mayor es capaz de comprenderlo todo, incluso los libros para niños. Tengo una tercera excusa todavía: esta persona mayor vive en Francia, donde pasa hambre y frío. Tiene, por consiguiente, una gran necesidad de ser consolada. Si no fueran suficientes todas esas razones, quiero entonces dedicar este libro al niño que fue hace tiempo esta persona mayor. Todas las personas mayores antes han sido niños. (Pero pocas de ellas lo recuerdan). Corrijo, por consiguiente, mi dedicatoria: A León Werth, cuando era niño».

 

C. S. Lewis (Las crónicas de Narnia. El león, la bruja y el armario): «Mi querida Lucy: Escribí esta historia para ti, pero cuando la empecé no había caído en la cuenta de que las niñas crecen más rápidamente que los libros. Por lo tanto, ya eres mayor para los cuentos de hadas y, para cuando el relato esté impreso y encuadernado, serás aún mayor. Sin embargo, algún día serás lo bastante mayor para volver a leer cuentos de hadas, y entonces podrás sacarlo de la estantería superior, quitarle el polvo y decirme qué opinas de él. Probablemente, yo ya estaré tan sordo que no te oiré, y seré tan viejo que no comprenderé nada de lo que digas…A pesar de todo, seguiré siendo… tu afectuoso padrino».

 

Camilo José Cela (La familia de Pascual Duarte. 4.ª ed.): «Dedico esta edición a mis enemigos, que tanto me han ayudado en mi carrera».

 

Carmen Alborch (Solas: gozos y sombras de una manera de vivir): «A mi querida madre, a mi hermana Tita, mujeres admirables que saben de la soledad y la generosidad».

 

Carmen Martín Gaite (Nubosidad variable): «Para el alma que ella dejó de guardia permanente, como una lucecita encendida, en mi casa, en mi cuerpo y en el nombre por el que me llamaba».

 

Charles Bukowski (Pulp): «Dedicado a la mala escritura».

 

Cornelia Funke (Corazón de tinta): «Para Anna, que abandonó El Señor de los Anillos para leer este libro. (¿Qué más se puede pedir a una hija?). Y para Elinor, que me prestó su nombre, a pesar de que no lo necesitaba, para una reina elfa».

 

Cuca Canals (Llora, Alegría): «¿Se puede dedicar un libro a una gota de agua salada?».

 

Cyril Collard (Las noches salvajes): «A mis hijos que, sin duda, jamás nacerán».

 

Dan Wells (Ruinas): «Este libro está dedicado a todos a quienes odies. Lo siento. A veces la vida es así».

 

Diana Wynne Jones (El castillo ambulante): «La idea para este libro me fue sugerida por un niño en un colegio que había ido a visitar, quien me pidió que escribiera un libro llamado El castillo ambulante. Escribí su nombre, y lo guardé en un lugar tan seguro que no he sido capaz de encontrarlo. Me gustaría darle las gracias».

 

E. E. Cummings (No, gracias): (Su dedicatoria es una urna funeraria formada con los 14 nombres de las editoriales que rechazaron su colección de poemas).

 

Evelyn Waugh (Retorno a Brideshead): «A Laura. Yo no soy yo. Tú no eres ni él ni ella. Ellos no son ellos».

 

Gabriel García Márquez (El amor en los tiempos del cólera): «Para Mercedes, por supuesto».

 

George R. R. Martin (Canción de hielo y fuego. Tormenta de espadas): «Para Phyllis, que me hizo meter los dragones».

 

Gillian Flynn (Lugares oscuros): «¿Qué puedo decir acerca de un hombre que sabe cómo pienso y que aun así duerme a mi lado con la luz apagada?».

 

Isabel Allende (El plan infinito): «A mi compañero, William C. Gordon, y las otras personas que me confiaron los secretos de sus vidas. También a mi madre, por su cariño sin condiciones y el implacable lápiz rojo con que me ayudó a corregir esta historia».

 

J. D. Salinger (Franny y Zooey): «Más o menos con el mismo espíritu con el que Matthew Salinger, de un año de edad, le insiste a un compañero de mesa para que acepte un haba fría, insisto yo a mi editor, mentor y (Dios le ampare) mejor amigo, William Shawn, genius domus de The New Yorker, amante de la probabilidad remota, protector de los poco prolíficos, defensor de los extravagantes sin remedio, el más insensatamente modesto de los grandes editores-artistas natos, a que acepte este librito más bien escuálido».

 

Jaime Campmany (El pecado de los dioses): «A Conchita, mi mujer desde hace cuarenta años. Nuestro amor es ya casi un incesto».

 

Javier García Sánchez (Ella, Drácula): «A Susana, que supo rebatirme, una tras otra, las cinco razones de peso que le expuse para no escribir jamás la novela».

 

Jorge Luis Borges (Obra poética): «A quien leyere. Si las páginas de este libro consienten algún verso feliz, perdóneme el lector la descortesía de haberlo usurpado yo, previamente. Nuestras nadas poco difieren; es trivial y fortuita la circunstancia de que seas tú el lector de estos ejercicios, y yo su redactor».

 

José Saramago (Las intermitencias de la muerte): «A Pilar, mi casa».

 

Juan José Arreola (Palíndroma): «La dedicatoria se suprime a petición de parte».

 

Juan Ramón Jiménez (Platero y yo): «A la memoria de Aguedilla, la pobre loca de la calle del sol, que me mandaba moras y claveles».

 

Julia Navarro (La Biblia de barro): «Para Fermín y Alex, siempre, y para mis amigos, los mejores que se puedan soñar».

 

Kristin Cashore (Graceling): «Para mi madre, Nedda Previtera Cashore, por su gracia especial con las albóndigas, y para mi padre, J. Michael Cashore, dotado con la gracia de perder (y encontrar) sus gafas».

 

Leila Guerriero (Una historia sencilla): «Para Diego, que siempre supo, que nunca dudó».

 

Lope de Vega (Fuenteovejuna): «A Pili, que supo hacer hogar de tanta sala de espera».

 

Manuel Maristany (La enfermera de Brunete): «A un viejo amor que murió sin darme tiempo a pedirle perdón».

 

Mario Benedetti (Primavera con una esquina rota): «A la memoria de mi padre (1897-1971), que fue químico y buena gente».

 

Mark Z. Danielewski (La casa de hojas): «Esto no es para ti».

 

Marta Rivera de la Cruz (La importancia de las cosas): «A Marcial, que hizo sitio a mis cosas».

 

Matilde Asensi (El regreso del catón): «Para mis sobrinos Gonzalo el marinero, Almudena la bailarina y Berta la gimnasta. Gracias por saltar, bailar, tocar el piano, cantar y pelearos a gritos sobre mi despacho y mi cabeza mientras escribía este y otros libros anteriores. Afortunadamente, os estáis haciendo mayores y mi vida está mejorando mucho. Os diré algo sin que se entere nadie: os quiero».

 

Matthew Klein (El liquidador): «Para mamá (solo sáltate las escenas de sexo, por favor)».

 

Miguel Hernández (El rayo que no cesa): «A ti sola, en cumplimiento de una promesa que habrás olvidado como si fuera tuya».

 

Neil Gaiman (Coraline): «Empecé este libro para Holly, lo terminé para Maddy».

 

Oriana Fallaci (Carta a un niño que no llegó a nacer): «A quien no teme la duda, a quien se pregunta los porqué sin descanso y a costa de sufrir de morir. A quien se plantea el dilema de dar la vida o negarla está dedicado este libro de una mujer para todas las mujeres».

 

Pedro Lemebel (Zanjón de la Aguada): «Para ti, mamá, estos tardíos pétalos».

 

Roberto Bolaño (Los detectives salvajes): «Para Carolina López y Lautaro Bolaño, venturosamente parecidos».

 

Rosa Montero (La ridícula idea de no volver a verte): «Para toda mi gente querida, con amor. Sabéis quiénes sois aunque no os nombre».

 

Rubén Bonifaz Nuño (El manto y la corona): «Aquí debería estar tu nombre».

 

Shannon Hale (Austenland): «A Colin Firth. Eres un gran tipo, pero estoy casada, así que creo que debemos ser sólo amigos».

 

Stephen Vizinczey (En brazos de la mujer madura): «Este libro está dirigido a los hombres jóvenes y dedicado a las mujeres maduras; y la relación entre unos y otras es mi propuesta».

 

Tad Williams (Otherland. La ciudad de la sombra dorada): «Dedico este libro a mi padre, Joseph Hill Evans, con cariño. De hecho, él no lee ficción, así que si nadie se lo dice, es posible que nunca lo sepa».

 

Tobias Wolff (Vida de este chico): «Mi primer padrastro solía decir que con lo que no sé se podría llenar un libro. Aquí está».

 

¿Te gustaría añadir alguna dedicatoria a la lista? ¿Cuáles son tus favoritas? ¡Me encantaría descubrirlas!

 

Etiquetas: Obras literarias

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