Al compás de Alterio

 

Dicen que mi marido ya no se acuerda de nada. Pero a veces todavía recuerda mi nombre. Nunca imaginé que echaría tanto de menos la sonoridad de una palabra en su voz. ¿Cuántas veces me habrá nombrado en los últimos años? Ni siquiera sabe en qué tiempo vivimos. Algunas veces, cuando cierro los ojos, solo puedo ver el retrato grisáceo de un pueblo que desapareció entre las ruinas; carcomido por el olvido. Sé cómo acabará esta historia y, aun así, no quisiera volver hacia atrás. Alterio siempre decía que la vida es mirar adelante.

 

La primera vez que creyó que le habían robado, encontré su cartera sobre la mesa de la cocina; pensé que había sido un despiste. Más adelante, la cartera apareció en lugares tan inauditos que empecé a preocuparme. Era tal su convicción de que alguien removía sus cosas que hasta desconfiaba de mí. Se enfadaba conmigo y parecía una persona distinta; mostraba un carácter que nunca había tenido. Entendí lo peligroso que podía ser el olvido la tarde que salió a pasear y se perdió de camino al parque. Tardamos siete horas en encontrarlo. Y no supo explicarme lo que le había pasado.

 

Mi marido fue panadero durante más de cincuenta años. Cuando vendió el negocio y se jubiló, no renunció a la rutina de traer pan a casa. Todas las mañanas compraba una hogaza y la cortaba en trozos pequeños. Siempre tuvo esa mala costumbre de manosear la comida. Desde hace unos meses, revive aquellos momentos como si el tiempo no hubiera pasado. Se empeña en salir del salón para buscar la panadería; le preocupa que no queden hogazas. Deambula por los pasillos hasta que algún auxiliar lo trae de vuelta y le propone sentarse a mi lado. Se queda asombrado cuando le cojo la mano. Luego cierra los ojos y toquetea mis dedos como si los estuviera amasando.

 

Alterio no quería vivir en la residencia. Al principio estaba tan triste que se pasaba las horas sentado, sin decir ni una sola palabra. Ni siquiera le interesaba el laúd, y eso que tocaba seguidillas y jotas desde que tenía diez años. No concebía la vida sin música. Se movía al compás de cualquier melodía, pero lo que más le gustaba era el baile agarrado; me cantaba boleros y recorríamos la casa bailando. Ahora no sé a qué atenerme con él. Me cuesta reconocerlo cuando grita y golpea las cosas. Cada vez que se angustia, pregunta dónde está su mujer y, a pesar de que se alegra al escuchar la respuesta, la olvida muy pronto. Ojalá pudiera encontrar las palabras para explicar lo que siente. Necesito creer que el amor no se olvida.

 

El jueves pasado se quedó en el salón a la hora del baile. Conseguí convencerlo de que podía ser divertido; normalmente quiere marcharse porque se desorienta cuando ve mucha gente. Durante un rato pensé que había sido un error, parecía angustiado, y estuve a punto de renunciar al guateque. Pero entonces sonó aquel bolero y se le iluminaron los ojos. Mientras entonaba la letra de Toda una vida, me miró con ese aire pueril de cuando éramos novios. La canción lo conmovió tanto que se levantó del sillón y me estiró de la manga para sacarme a la pista.

 

Dicen que mi marido ya no se acuerda de nada. Pero nunca perdí la esperanza de que en algún lugar de su alma los retratos estén repletos de colores vivos y hermosos. Tal vez el recuerdo solo sea un instante fugaz que es preciso atrapar al vuelo para no aferrarnos al miedo. Cuando Alterio fue capaz de atraparlo, tuve la impresión de que el mundo giraba al compás de sus pasos. Me dejé llevar por la suavidad de su voz y entendí que en su corazón nada había cambiado. Supe que es posible retener todo lo que conformó nuestra vida en un solo momento.

 

*Finalista en el III Concurso de Relatos sobre el Alzheimer AFAS

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